Vallecas fue municipio independiente, perteneciente al partido judicial de Alcalá de Henares, hasta 1950. En ese año fue anexado a la capital.

La denominación popular de Vallecas, delimitada por la autovía A3 en el norte, la autopista M-50 al este, el río Manzanares en el sur y la M-30 en el oeste, se refiere en la actualidad a dos distritos municipales: Villa de Vallecas, en terrenos donde se asentaba el antiguo pueblo (dividida administrativamente en los barrios de Casco Histórico de Vallecas y Santa Eugenia), y Puente de Vallecas (Entrevías, Pozo del Tío Raimundo, San Diego, Palomeras Bajas, Palomeras Sureste, Portazgo y Numancia), que actuó de suburbio de Madrid y fue creciendo a partir del puente del arroyo Abroñigal (hoy la M-30 sobre su antiguo cauce), a lo largo de la antigua carretera de Valencia (avenida de la Albufera), hasta fusionarse ambas colectividades.

 
 

 

La historia del origen de su nombre está popularmente extendida, aunque no históricamente demostrada. En la Edad Media el lugar era propiedad de un árabe llamado Kas. Al ser expulsado tras la reconquista cristiana, el sitio fue repoblado por vecinos de un lugar cercano llamado Torrepedrosa, que le dieron el nombre de Valle del Kas y que con el tiempo pasó a ser Vallekas y luego Vallecas.

La Villa de Vallecas, aunque sólo en su casco antiguo, presenta el típico trazado de las poblaciones medievales campesinas, con una estructura radial en torno a la iglesia de San Pedro Ad Víncula, y al contrario que ocurre con otras zonas de Vallecas, que nacieron siendo núcleos urbanos, la Villa fue desde sus orígenes, un núcleo rural sometido a un constante proceso de transformación.
 

En la Edad Media era uno de los pueblos con la agricultura más próspera de Castilla: cereales, vid, olivo, garbanzos, guisantes, habas y algarrobas. Y tenía ganado lanar, vacuno y mular. Una de sus bases económicas era el pedernal, que se utilizó en las construcciones de mampostería del Madrid de los Austrias, y de un modo masivo en el empedrado de la capital a partir del siglo XVIII, empedrado se mantuvo hasta su sustitución por adoquines de granito a partir de finales del siglo XIX y en especial entre 1915 y 1945. También fue uno de los mayores proveedores de pan de la capital en los siglos XVII y XVIII. Llegó a haber hasta 70 tahonas.

Otra fuente de riqueza para Vallecas era el yeso, de una calidad inmejorable. Su transporte se hizo con viejos carretones de bueyes que los canteros y trabajadores de la piedra llamaban "garruchas". Posteriormente se pensó en agilizar y abaratar el coste del traslado de todo tipo de productos hacia Madrid. Así nació "la maquinilla", un tranvía de vapor cuya construcción se inició en 1888 y llegaba por las actuales calles de Monte Igüeldo y Martínez de la Riva, entonces "camino de los yeseros", hasta alcanzar las mismas puertas de la fábrica de yesos La Invencible, situada en el kilómetro 13 y 14. Funcionó hasta 1931 y en sus últimos tiempos transportó también viajeros.

La riqueza agrícola duró, al menos hasta mediados del siglo XIX. El desarrollo de las actividades industriales y fabriles empezó a ser más rentable económicamente que las agrícolas. Así, los agricultores se transformaron en comerciantes e industriales y los jornaleros en obreros o pasaron a formar parte de las largas filas de pobres y menesterosos.

 
Pero Vallecas no sólo era el pueblo. En los últimos años del siglo XIX, el cinturón del extrarradio que rodeaba Madrid acogió a una cada vez más numerosa población procedente de las zonas más pobres de España, que no encontraba alojamiento en el centro de la ciudad y carecía de medios para acceder a las viviendas que se construían en el llamado Ensanche. Y lo que hoy es el Puente de Vallecas fue uno de estos arrabales, ocupado por pequeños artesanos y obreros de la construcción o de la incipiente industria.
 

En 1875, ya el suburbio del Puente de Vallecas presentaba una disposición lineal a lo largo de la carretera Madrid-Valencia, y en el norte aparecía claramente configurado y diferenciado el barrio de Doña Carlota, un caserío de viviendas de una planta, con pequeñas huertas, que tomó el nombre de la propietaria de las tierras sobre las que se construyo.

El espacio que ahora ocupa Portazgo, aún estaba destinado a campos de cultivo, y era atravesado por una serie de caminos que, pasando por lo que hoy es el barrio de Palomeras, llegaban hasta el pueblo de Vallecas evitando el paso por el cerro de Pío Felipe, mayormente conocido como el del Tío Pío. Esta situación se mantuvo en gran parte hasta que nuevas oleadas de emigrantes llegaron a la capital tras la Guerra Civil.



La guerra de 1936 supuso un paréntesis en el proceso de evolución espontánea de Vallecas, convertida en frente en la Batalla del Jarama e intensamente bombardeada, especialmente la zona de Entrevías y la Villa.

Toda la zona del Puente experimentó un nuevo aumento espectacular de población en los años 40-50 cuando, debido al hambre de la posguerra y al desempleo, gentes procedentes de las zonas más pobres de España llegaron a la capital y aquí se asentaron, construyendo sus míseras casas de forma clandestina y desordenada las más de las veces, y con calles inundadas de barro.
Las viviendas se construían en una sola noche por toda la familia y la colaboración de los vecinos. Al amanecer, una vez construida, el Ayuntamiento no podía proceder a su demolición.


 

A partir de los años setenta, las modestas casas fueron dando lugar a bloques pequeños de pisos en las zonas más urbanizadas. Y en los noventa se derribaron totalmente amplias zonas de chabolas de Palomeras y El Pozo del Tío Raimundo para urbanizarlas con edificios modernos, parques y anchas calles.

Hoy Vallecas es un barrio populoso, con buenas dotaciones de todo tipo, y que pese a que acoge en la actualidad a buen número de habitantes de la clase media, no ha perdido su antiguo carácter obrero y reivindicativo, ni tampoco el orgullo y la idiosincrasia propia de su no tan lejana condición de pueblo independiente.

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